Deconstrucción III
CONTEXTO TEORICO Y DELIMITACION CONCEPTUAL
Conceptos Básicos de la teoría de la Deconstrucción.
1.-Logocentrismo
Según Derrida es la tendencia -implícita en toda la tradición metafísica- que concibe el ser como una identidad y una presencia originaria reductible a su expresión lingüística, como si mediante la palabra se diera de forma inmediata, otorgando de esta manera a la palabra una forma privilegiada de conocimiento.
La tradición filosófica, sustenta Derrida, defiende la tesis de que la razón y el pensamiento son tan naturales como las cosas que percibimos cotidianamente. Esta tesis originó el punto de vista metafilosófico «logocéntrico», difundido por toda la cultura de occidente, del que incluso la fenomenología husserliana, así como el psicoanálisis de Freud, siguen siendo manifestaciones. Contra dicha tradición se alza el programa de la deconstrucción.
En definitiva, las tesis básicas del logocentrismo son las siguientes: por un lado sustenta (explícita o implícitamente) que la presencia del pensamiento irrumpe necesariamente en la palabra, por otro lado, defiende que el propio pensamiento contiene tanto la presencia del sentido como la presencia de la verdad.
El logocentrismo es, a su vez, un fruto del presencialismo, basado en las concepciones tradicionales sobre el significado, que han engendrado la tesis -en realidad nunca formulada explícitamente- de que «presencia» significa siempre de hecho «presencia en la mente humana». Es decir, que la tradición, según afirma Derrida, ha tendido a dar por supuesto que determinadas experiencias mentales reflejan o representan naturalmente las cosas. En consecuencia, se ha postulado que el sentido y la verdad de las cosas sobreviene en las operaciones de la mente que la tradición llama «razón» o «pensamiento».
Derrida también llama «logocéntricas» las formas de pensamiento que se fundamentan en una referencia extrínseca o transcendente. Así ocurre, por ejemplo, con el concepto de verdad en el caso de la metafísica. A este respecto señala Derrida que la filosofía occidental ha solido mantener una presuposición fundamental: el lenguaje está subordinado a unas intenciones, ideas o referentes que son irreductiblemente extrínsecos o exteriores al propio lenguaje. Contra esta presuposición se alza la tesis estructuralista según la cual el sentido es un efecto que produce el propio lenguaje, de manera que en modo alguno lo puede anteceder.
También es importante en la obra de Derrida la convicción de que la tesis logocéntrica se sustenta en la hegemonía que las filosofías del lenguaje han solido asignar a la palabra hablada. Según Derrida, el logocentrismo ha tendido a menospreciar la escritura, y tal menosprecio ha sido correlativo a la tendencia a enaltecer la expresión oral, lo que ha orientado decisivamente la tradición logocéntrica que, por un lado, ha mantenido que la palabra era una manifestación pura e inmediata del lenguaje y, por otro lado, ha depreciado la escritura hasta el punto de atribuirle un carácter meramente derivado. De esta manera, la escritura ha llegado a ser considerada un orden subalterno de signos cuyo único cometido es de-signar la palabra. Tal posición derivaría, según Derrida, de la creencia en una especial proximidad entre la «palabra» y el «espíritu», aunada a la convicción complementaria de que la mente refleja naturalmente el mundo. Por eso el logocentrismo también considera que la palabra suministra un acceso directo a la realidad. O sea que, según la concepción logocéntrica que critica Derrida, el signo oral -los componentes de la palabra- está en inmediata conexión con el significado. El signo gráfico, por el contrario, y en general todos los elementos de la escritura, en modo alguno participan de esta intimidad.
Una crítica general del signo permite a Derrida desplazar la palabra de su posición hegemónica y enaltecer correlativamente la escritura. Pero su intención no es destruir una jerarquía para implantar otra en su lugar, y por eso se abstiene de privilegiar la escritura en detrimento de la expresión oral. En este contexto el trabajo de Derrida demuestra que no hay significante alguno que procure la presencia plena del significado. En cierto modo su diagnóstico es todavía mas devastador, porque pone de relieve que el significante es totalmente incongruente con esta posible plenitud.
2.-Marca(o trace)
Según Jacques Derrida, la diferencia y la ausencia son condiciones necesarias para que exista el signo. Según él no puede producirse la significación si no se da una diferencia entre el significante y el significado.
Por otro lado, es preciso que el significado se encuentre propiamente ausente. Por lo tanto la condición real es que la presencia del significado resulte mínimamente diferida. A Derrida le parece obvio que significante y significado coincidirían si no sobreviniera una diferencia. De la misma manera constata que de no ocurrir la ausencia -o al menos la «presencia diferida»- del significado no podría tener lugar significación alguna. En ambos casos dejaría de haber signo porque sin diferencia y sin ausencia sí que habría unidad. En realidad sucede que ni la diferencia entre ambos, ni la ausencia -o en todo caso la presencia «diferida»- del significado, se presentan jamás en estado puro. Este fenómeno es explicable porque ni uno ni otro puede ser una realidad única. Siempre han de sobrevenir juntos, y por eso significante y significado persisten a lo largo del tiempo.
Puede decirse que la presencia de cada uno «marca» el otro y viceversa. Así se produce en ambos, por consiguiente, la «trace». Pero gracias a este marcaje recíproco, en el seno de las prácticas significativas habituales los significantes designan los significados.
Según Derrida las palabras adquieren sentido a partir de los conceptos y éstos de las palabras porque tanto palabras como conceptos participan en un complejo entramado histórico de diferencias, ausencias y «presencias diferidas» que, por otra parte, nunca han llegado a darse en estado puro. La consecuencia más importante de ello es que la palabra plena ni ha existido ni existirá jamás. Es decir, que el anhelo de un signo que sea plenamente descriptivo -o el de un lenguaje que se adecue sin fisuras a la realidad- se revela un sueño imposible.
3.-Differánce o Diferancia.
Según Jacques Derrida, la diferencia y la ausencia son condiciones necesarias para que exista el signo. Según él no puede producirse la significación si no se da una diferencia entre el significante y el significado.
Por otro lado, es preciso que el significado se encuentre propiamente ausente. Por lo tanto la condición real es que la presencia del significado resulte mínimamente diferida. A Derrida le parece obvio que significante y significado coincidirían si no sobreviniera una diferencia. De la misma manera constata que de no ocurrir la ausencia -o al menos la «presencia diferida»- del significado no podría tener lugar significación alguna. En ambos casos dejaría de haber signo porque sin diferencia y sin ausencia sí que habría unidad. En realidad sucede que ni la diferencia entre ambos, ni la ausencia -o en todo caso la presencia «diferida»- del significado, se presentan jamás en estado puro. Este fenómeno es explicable porque ni uno ni otro puede ser una realidad única. Siempre han de sobrevenir juntos, y por eso significante y significado persisten a lo largo del tiempo.
Puede decirse que la presencia de cada uno «marca» el otro y viceversa. Así se produce en ambos, por consiguiente, la «trace». Pero gracias a este marcaje recíproco, en el seno de las prácticas significativas habituales los significantes designan los significados.
Según Derrida las palabras adquieren sentido a partir de los conceptos y éstos de las palabras porque tanto palabras como conceptos participan en un complejo entramado histórico de diferencias, ausencias y «presencias diferidas» que, por otra parte, nunca han llegado a darse en estado puro. La consecuencia más importante de ello es que la palabra plena ni ha existido ni existirá jamás. Es decir, que el anhelo de un signo que sea plenamente descriptivo -o el de un lenguaje que se adecue sin fisuras a la realidad- se revela un sueño imposible.
4.-Deconstrucción
Derrida considera la deconstrucción como un gesto que es, a la vez, estructuralista y antiestructuralista: se trata de desmontar el edificio de la metafísica, del logocentrismo y el presentismo para que aparezcan sus estructuras. Pero una vez aparecidas, se muestran como ruinas o como meras estructuras formales que nada explican.Aquella cualidad re-presentativa es precisamente la que le ha sido denegada a la escritura. A lo largo de la historia sólo se le ha encomendado el cometido subalterno de representar la propia palabra. La posibilidad de re-presentar directamente el significado, por consiguiente, le ha sido arrebatada sin contemplaciones. En realidad, la subordinación de la escritura a la palabra es tácitamente tributaria del discurso metafísico tradicional. En él las ideas ocupan una posición de privilegio y la escritura es relegada a un rango inferior porque se la considera una forma degradada de representación. En buena parte el programa descontruccionista derridiano prosigue la senda iniciada por Heidegger en su cometido de la destrucción (Destruktion) de la metafísica, pero en el sentido de asumir el proceso entero de la metafísica iniciado en la ontología griega, que ha construido el sentido y el centro de la historia, y que desde sus inicios es, a la vez, un proceso de construcción y de desconstrucción, ya que en la metafísica se ha establecido una relación inmanente entre su propia construcción y su propia destrucción.Dado el combate derridiano contra el logocentrismo, ha denominado al lenguaje, en general, como «archi-escritura», término que no sólo recoge el recelo de Derrida ante una presunta hegemonía de la palabra, sino que su proyecto real es el de liberar al propio lenguaje -tanto el escrito como el oral- de la presunta intervención de la presencia. Aspira, en una palabra, a emanciparlo de la re-presentación. La importancia asignada a la «escritura», de todos modos, ha ido disminuyendo en las etapas del itinerario desconstructivo de Derrida que, no obstante, ha continuado su crítica del logocentrismo. Su producción posterior, efectivamente, ya no identifica la «escritura» con el lenguaje en general. La concibe, por el contrario, como un juego de diferencias que se sustenta en un sistema indecidible de «inscripciones» y de «instituciones». Además, la hace depender de ciertos factores anticonvencionales pero asimismo indecidibles como, por ejemplo, la «marca» o trace. Pero, sobre todo, la «escritura» es ahora solidaria de la innovadora noción que Derrida denomina «différance».
En efecto, la ineludible necesidad de la búsqueda de la verdad, del sentido último del texto que domina la actividad hermenéutica difícilmente se conjuga con la lógica derridiana del suplemento cuya tarea reclama, ante todo, «reinterpretar la interpretación», ser una nueva escritura de la escritura.
En primer lugar, la búsqueda del sentido perdido del texto o, dicho en términos más deconstructivos, la búsqueda del querer decir del autor en el texto, sitúa a la Hermenéutica en la problemática de la comprensión del pasado, es decir, en la línea de una concepción de la historia como efectividad del sentido: el sentido deja una serie de huellas que constituyen la trama de la historia, pero dichas huellas serán siempre efecto de la historia. Para la deconstrucción, en cambio, la historia carece de origen primigenio y de sentido teleológico. Regida por el movimiento de la huella. por la différance (temporización y, a la vez, espaciamiento), la historia es entendida como historia diferencial, como efecto de la huella, que, por consiguiente, excluye la indiferencia, esto es, la continuidad y linealidad del fluir temporal.
En segundo lugar, la búsqueda del sentido del texto, tarea fundamental de la Hermenéutica, implica tanto una especie de «perfección anticipada» del texto como esa «buena fe» del intérprete que confía en el privilegio ontológico y semántico de dicho texto. Es decir, la Hermenéutica se apoya en buena medida en el concepto de pertenencia, en el discurso de asistencia recíproca entre el escribir y el comprender como lectura que «escucha». Si leer es oír, escuchar, la Hermenéutica se resuelve, entonces, básicamente en una labor de mediación interpelativa destinada a asimilar el sentido, que ya está ahí, de un texto y que, por lo tanto, sólo resulta preciso poner de manifiesto, hacer presente. La deconstrucción, por su parte, requiere aprehender lo inaprehensible , escrutando entre las líneas, en los márgenes, escudriñando las fisuras, los deslizamientos, los desplazamientos, a fin de producir, de forma activa y transformadora, la estructura significante del texto: no su verdad o su sentido, sino su fondo de ilegibilidad y, a la vez, ese exceso, ese suplemento de escritura o de lectura que, interrogando la economía del texto, descubriendo su modo de funcionamiento y de organización, poniendo en marcha todos sus efectos (inclusive lo reprimido, lo excluido), abre la lectura en lugar de cerrarla y de protegerla, disloca toda propiedad y expone al texto a la indecidibilidad de su lógica doble, plural, carente de centro, la cual no permite jamás que se agote plena y definitivamente su proceso de significación.
5.-Archiescritura
Entendida como el prototexto, la síntesis a priori que sustenta todo sistema y toda estructura significante y a-significante.Pretendida, buscada, aludida, pero nunca netamente aprehendida ni conocida ni significada.
